El desastre de Arratia
“Venia el primer tren diurno de Quillota, o mas bien, el tren de Arrate, llamado así por su popular i comedido conductor, don Basilio Arratia, en direccion a Valparaiso, a las 9 i media de la mañana del 27 de abril de 1866, el año aciago i memorable de aquel villano bombardeo que fué el pilori de Chile.
“El convoi, descendiendo de la gradiente de Quilpué, no marchaba con escesiva rapidez, pero sin saber cómo, zafóse de un carro de tercera la yanta de una rueda. Enredó ésta las otras, i aunque el conductor Arratia (que éste es su apellido) observó el accidente e hizo prodijios por llamar la atención del maquinista, no logró ser oido. El carro de equipaje fue el primero en desrielarse, i atravesándose en la línea, volcó de seguida tres carros, que se arrastraron cerca de sesenta metros fuera de los rieles i frente a frente de las dos palmas sibilíticas. Perecieron en este incidente todos los que saltaron de los carros a la via, en número de nueve, i entre éstos el conocido comerciante de vinos i politiquero de San Felipe, don Juan Montau, frances de nacimiento, el palanquero Olivares, cuatro peones desconocidos i, lo que fué mas doloroso, tres apreciables señoras: doña Mercedes Elgueta, doña Cármen Peña i doña Marta Ocampo.
“¡Piadosas viajeras, rogad por ellas!...
“Un detalle horrible: El cuerpo de una de estas infelices señoras habia sido abierto lonjitudinalmente por una rueda i su corazon habia saltado intacto a un lado de los rieles: un compasivo empleado lo recojió en una gorra para darle sepultura…
“Otro detalle:—Si el maquinista Morris tarda unos pocos segundos en volver la cara, o si el tren se hubiese desrielado doscientos metros mas adelante, el primer puente de las Cucharas habria sido la sepultura de cien vidas, i un digno si bien terrible estreno de un inconcebible absurdo.
“[…]
“Dos dias ántes de este cruel accidente, completamente casual e inculpable, un jóven palanquero llamado Santiago Flores, recien casado, fué arrojado entre los carros por un brusco sacudon de la máquina, i pereció tristemente. Las palmas de Mr. Lloyd han dado aciaga sombra a los rieles.
(De Valparaíso a Santiago, Benjamín Vicuña Mackenna, tomo I, 1877, páginas 140, 141.).
